Nao de China, una de las grandes travesías de la historia
Durante 250 años, un barco salía de Manila cargado con las riquezas de Asia y cruzaba el Pacífico rumbo a América.
Meses de océano abierto, sin tierra a la vista. Un recorrido que dio inicio a la globalización en el comercio y dejó en la memoria una de las travesías más largas en la historia humana.
Un océano sin regreso
Cuando Magallanes y Elcano completaron la primera vuelta al mundo en 1521, los españoles sabían cómo llegar desde América hasta Asia cruzando el Pacífico. El problema era volver. Durante cuatro décadas lo intentaron sin éxito. Las corrientes y los vientos en las latitudes tropicales empujaban siempre hacia el oeste.
El Pacífico en sus latitudes bajas es un sistema de corrientes que circula en sentido contrario a lo que los españoles necesitaban. Ningún navegante había encontrado la manera de romper ese círculo.
La solución la encontró un fraile. Andrés de Urdaneta, cosmógrafo y religioso agustino, razonó que si las corrientes tropicales empujaban hacia el oeste, quizás las corrientes del norte empujaban hacia el este. En 1565 zarpó de Filipinas rumbo al noreste, adentrándose en latitudes que ningún navegante europeo había explorado en ese océano. Subió hasta la altura de Japón. Y allí encontró la corriente de Kuroshio — una gran autopista oceánica que fluía hacia el este, en dirección a América.
La travesía duró cuatro meses y cubrió más de 14.000 kilómetros en condiciones de extrema dureza, con hambre, sed y escorbuto diezmando a la tripulación. Pero Urdaneta llegó. Y con él, quedó abierta la ruta que conectaría Asia y América durante los siguientes 250 años.
El barco que cargaba el mundo
A partir de 1565 comenzó una de las operaciones comerciales más extraordinarias de la historia. Una o dos veces al año, un galeón cruzaba el Pacífico entre Manila y los puertos de Nueva España — principalmente Acapulco, San Blas y Cabo San Lucas. No era un barco cualquiera. Iba cargado de mercancía y con más de seiscientas personas a bordo. Una ciudad flotante que cruzaba el océano más grande del planeta.
El cargamento contaba la historia del mundo en aquel momento. Desde Manila llegaban a América sedas, porcelanas, lacas y maderas orientales procedentes de China, India y Japón. En sentido contrario viajaba lo que Asia no tenía y necesitaba con urgencia: plata en monedas de ocho reales — la divisa más poderosa del mundo en ese momento — y frailes para evangelizar las nuevas tierras. La plata de las minas de Zacatecas terminaba en los mercados de la dinastía Ming. Las sedas de China terminaban en los salones de la Ciudad de México y de Madrid.
El tornaviaje — el regreso de Manila a América — duraba entre seis y siete meses. Los galeones debían salir de Manila en julio o agosto para aprovechar la corriente de Kuroshio. Si no lo hacían en esa ventana, el viaje se cancelaba ese año y habría que esperar doce meses más.
Seis meses sin ver tierra
Durante medio año de travesía, la tripulación vivía en espacios reducidos, con una dieta monótona de galletas, carne salada y agua racionada. No había ventanas. No había espacio. El olor a humedad, a sal y a enfermedad impregnaba todo.
El mayor enemigo era el escorbuto — la enfermedad causada por la falta de vitamina C — que podía acabar con la mitad de la tripulación en un solo viaje. Con el tiempo aprendieron a embarcar naranjas, limones y cocos para combatirlo. A estos marinos que sobrevivían la travesía los llamaban «los hombres de hierro».
Cabo San Lucas: el último puerto
Cuando los galeones bajaban bordeando la costa desde el norte, llegaban a Cabo San Lucas con los víveres agotados, la tripulación diezmada y el agua escasa. Cabo San Lucas era la parada obligada para reabastecerse antes del tramo final hacia Acapulco. Era el primer lugar donde podían detenerse después de meses en mar abierto.
La necesidad de contar con un puerto de asistencia era evidente, pero no fue posible un asentamiento permanente hasta la fundación de la Misión de San José del Cabo en 1730. Durante casi dos siglos los galeones hicieron escala en una bahía sin puerto, sin instalaciones, sin más infraestructura que el agua dulce que encontraban y los víveres que lograban conseguir. Eran los barcos más cargados de riqueza del mundo, lo cual atrajo a los piratas.
El asalto del Santa Ana: noviembre de 1587
Desde principios de octubre de 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish había llegado a las playas de Cabo San Lucas a bordo de su barco Desire con el propósito de capturar un galeón de Manila. Durante más de un mes se ocultó en la bahía.
El 14 de noviembre avistó el Santa Ana. El galeón venía de Manila con siete meses de travesía encima, la tripulación exhausta. Después de un combate de seis horas, Cavendish capturó el galeón de 700 toneladas cargado con los tesoros de Asia.
El fin de una era
Entre 1565 y 1815, la ruta del Galeón de Manila realizó 662 travesías mediante 163 embarcaciones. Terminó al tiempo de la guerra de Independencia de México. Doscientos cincuenta años de viajes anuales entre Asia y América, con Baja California como último testigo antes de Acapulco.
La Misión de San José del Cabo, fundada en 1730, fue en parte consecuencia directa de esa necesidad histórica: un punto de apoyo permanente para una ruta que no podía seguir dependiendo de una bahía desprotegida. La Nao de China no solo conectó dos océanos — dejó una huella concreta en el poblamiento y la historia de la península.
Además, su impacto se observa hoy en elementos significativos de la cultura mexicana como la técnica del papel picado, en prendas como la guayabera y en la gastronomía como la llegada del mango Manila.
