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Grecia infinita: «Corazón de Ulises», de Javier Reverte

¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?

Don Quijote

«Cuéntame oh Musa…» Así comienza la Odisea de Homero. Y así comenzó también la vida viajera y literaria de Javier Reverte. El escritor español confiesa en las páginas de Corazón de Ulises que fue ese libro épico y memorable el que lo volvió viajero y escritor.

Una trayectoria que lo llevó a viajar y cultivar el periodismo, la narrativa y la poesía. Autor de múltiples best sellers, es considerado como uno de los principales escritores de viajes hispanos. 

El llamado de las Musas

Reverte escribió este libro a finales de los años noventa, después de recorrer el Mediterráneo siguiendo las huellas de la cultura griega: el Peloponeso, las aguas del Egeo, la costa de Turquía, las orillas del Mar Negro y Alejandría. 

Un viaje literario, acompañado en cada paso por Homero, los versos de Safo y los grandes trágicos. En este libro Reverte mezcla la crónica de sus viajes con la revisión de los mitos y sus lecturas de quienes también han compartido esa fascinación helénica, como Italo Calvino, Henry Miller, Byron y Schopenhauer.

Llegada a Ítaca

El libro comienza en Ítaca, no así el viaje de Reverte. Como Ulises, el escritor llega después de una larga travesía a la isla. Aunque se considera un terreno árido y dificultoso, en el sencillo hospedaje que encuentra, lo rodean olivos, una higuera y un eucalipto. Allí disfruta de un café, lee y toma notas. 

Ítaca no es fácil de alcanzar, tampoco hoy en día. No tiene aeropuerto porque su terreno poco apto no lo ha permitido, y los ferris que cruzan los 30 kilómetros de distancia son escasos. Es un pueblo de marinos y emigrantes, como debe ser la patria de Ulises, quien fue el primer gran marino y vagabundo de la literatura, como le gusta describirlo a Reverte.

Y aunque desde el mismo Homero, Ítaca era descrita por su aridez y su pobreza, los exiliados tratan en su vejez de volver siempre al lugar donde nacieron.

Es perfectamente entendible y palpable el orgullo por esa herencia homérica. En la pensión donde se hospeda Reverte, el dueño gusta de recitar de memoria en griego antiguo los versos de la Odisea. El acortar la distancia de siglos y siglos entre el mundo antiguo y el mundo de hoy es posible gracias a la magia de los viajes.

El corazón de Grecia

Una de las razones del interés de Reverte por Ulises es que es el eslabón entre la mitología y la historia. Ulises es el primer personaje que huele a hombre, escribe Reverte. Después de él, los héroes ya pertenecen a la realidad histórica, como Alejandro Magno.

El escritor madrileño abre un mapa de Grecia y señala el asombro por sus miles de islas en ese mar azul profundo. La geografía griega como ese corazón que en un Big Bang se abrió al mundo y que hoy sigue tocándonos a todos.

Su viaje por el Peloponeso, Atenas y Creta es un recorrido por la historia de Occidente. Uno de sus grandes hallazgos es Nauplia, a la que cataloga como la ciudad más hermosa de Grecia. El lector no puede más que contagiarse de esa emoción y querer visitarla algún día.

Al mirar la Europa contemporánea, Reverte encuentra un continente de alma seca y espíritu dormido. Por eso es necesario volver a aquella Grecia, que aunque pueda parecer irrepetible, su grandeza siempre estará ahí para inspirarnos. 

Turquía: donde Grecia y Oriente se encuentran

Después de 20 minutos de travesía marítima, Reverte cruza de la costa griega a la turca, de Kastelórizo a Kas. Rememora la presencia de colonias griegas en esos territorios hace miles de años. El griego ya no se escucha en esas tierras, pero los ecos perduran en cada ruina, en cada piedra.

Llega en autobús a Mileto y se maravilla de ver el mismo cielo bajo el que estuvieron Tales, Anaximandro y Anaxímenes. En ese lugar se dejó atrás el pensamiento irracional y se hicieron las primeras preguntas sobre el universo. Tales, el primero de los siete sabios de Grecia, nació en esta ciudad que fue la más rica del Mediterráneo oriental y la cuna de la filosofía.

Reverte se sorprende por la modernidad de los servicios de autobuses en Turquía. Hablamos de finales de los años 90, por lo que también vemos escenas que difícilmente se verían hoy en tiempos de smartphones y traductores en la palma de la mano. En un restaurante, Reverte intenta pedir hielos al mesero. Sin idioma en común, le traen primero un huevo duro, luego una manzana y después unas uvas.

En Tesalónica, Reverte compra un tour para visitar el Monte Olimpo. Después de una sesión de ejercicio para las piernas logra subir y hacer esa visita a los dioses. Ahí encuentra el espíritu de Dioniso, ese dios al que le debemos el vino y el teatro. Reverte también se imagina cómo ese paso de los siglos despierta la burla de los dioses, al ver la masa uniforme del turismo masificado en donde toda la experiencia se resume al uso indiscriminado de cámaras fotográficas. 

Arcadia final

La cuarta parte del libro vuelve a Ítaca. El viaje cierra el círculo en el mismo lugar donde comenzó a escribirse.

«La sangre de Grecia resuena en mis arterias,» escribe el autor hacia el final de su libro. Un canto a esa hazaña griega de crear hombres libres. 

La literatura de viajes abre esa ventana y nos invita a cumplir los sueños que nos despiertan los grandes viajes. 

Muchas veces no elegimos lo que nos apasiona, simplemente nos gusta lo que nos gusta. Y la valentía está en seguir ese llamado.

En Ítaca, Reverte no buscaba nada. Quería tan solo estar en la isla y sentirla al pisarla. Su arcadia personal. Porque eso son los grandes viajes: ir a la búsqueda de esos lugares que nos dan paz por el solo hecho de estar ahí.

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