El primer viaje de Diego Rivera a Moscú, a casi 100 años de distancia

El primer viaje de Diego Rivera a Moscú, a casi 100 años de distancia

17/03/2026 0 Por escribodeviajes

En 1927 Diego Rivera ya era considerado uno de los artistas más destacados de México y su reconocimiento era internacional. El artista contaba con 41 años y la Revolución Rusa cumplía su décimo aniversario.

Diego Rivera recibió una invitación especial para asistir a los festejos de la revolución de octubre y ser testigo de lo que sucedía en el epicentro del comunismo mundial.

Su estancia en Moscú duró 9 meses y aunque hasta la fecha no existe información muy detallada, se sabe que hizo las maletas y salió intempestivamente del país.

Uno de esos viajes memorables del siglo XX, que vale la pena conocer a casi 100 años de distancia.

El motivo del viaje

El origen del viaje parece que tuvo como protagonista al poeta ruso Vladimir Mayakovski. Durante una visita a México, Mayakovski quedó fascinado con los murales que Rivera pintaba en la Secretaría de Educación Pública. Tan impresionado estaba que los catalogó como las primeras obras comunistas del mundo. Esas palabras llegaron a la URSS antes que el propio Diego Rivera.

Cuando el gobierno organizó los festejos del décimo aniversario de la Revolución del 17, Diego Rivera fue invitado de honor. Llegó como parte de la delegación oficial mexicana, fue nombrado miembro del Partido Comunista e instructor de la Academia de Bellas Artes de Moscú. El recibimiento no pudo ser más glorioso.

Lo que nadie sabía entonces era que unos meses después terminaría su viaje y regresaría a México sin despedirse de nadie.

Diego Rivera en la Plaza Roja

Moscú en 1927 era una de las ciudades más interesantes de la historia. El 7 de noviembre el gobierno soviético celebró el décimo aniversario de la Revolución bolchevique con un desfile monumental en la Plaza Roja. Diego Rivera estaba ahí, lápiz y acuarela en mano, sentado nada más y nada menos que junto a Stalin en el palco oficial.

En una de las citas que se han rescatado, describió así su experiencia: «Nunca olvidaré la primera vez que vi en Moscú la marcha y el movimiento organizado de la gente. Una mañana temprano caía la nieve en las calles. La masa en marcha era negra, compacta, unida rítmicamente. Tenía el flotante movimiento de una víbora, pero era más amenazante que cualquier serpiente que yo pudiera imaginar.»

No solo vivió el desfile. Durante su estancia conoció al cineasta Sergei Eisenstein, visitó fábricas y plantas metalúrgicas, retrató paisajes de nieve y de campo, y documentó la vida cotidiana de la sociedad rusa. También se involucró con un colectivo de artistas interesados en el conocimiento científico, y conoció la teoría de la vida del bioquímico Alexandr Oparin, ideas que años después aparecerían en sus murales mexicanos.

Los dibujos y acuarelas de la Plaza Roja terminarían en manos de Abby Rockefeller y hoy se encuentran en el MoMA de Nueva York. La misma familia que en 1934 destruiría su mural en el Rockefeller Center por negarse a borrar la figura de Lenin. El viaje a Moscú y ese escándalo son parte de la misma historia.

El mural que nunca terminó

El guion era perfecto: el viaje de Diego Rivera a la URSS terminaba inmortalizado en un mural que sería la cúspide del arte socialista.

El proyecto fue abanderado por Anatoli Lunacharski, comisario soviético de Educación y Cultura. La obra se realizaría en el Club del Ejército Rojo. 

Rivera puso manos a la obra pero el proyecto no tardó en complicarse. El muralista mexicano no estaba contento con el equipo de asistentes sin experiencia que le habían asignado. Sus peticiones diarias de material y recursos quedaban sin respuesta. También se ha dicho que lo que terminó por afectar la estancia de Diego Rivera fue que había solicitado deshacerse de las decoraciones imperiales del recinto, calificándolas como «basura», a lo que los soviéticos se opusieron.

Al mismo tiempo, la atmósfera política en Moscú se tensaba. Rivera había establecido lazos con artistas cercanos a la Oposición de Izquierda, el movimiento liderado por León Trotski, rival de Stalin que en 1927 fue expulsado del Partido Comunista y para 1928 desterrado. Rivera, que había llegado como invitado de honor, comenzaba a ser observado con sospecha.

A principios de mayo de 1928, ante todas las señales, lo mejor era abandonar el país. El mural del Ejército Rojo nunca fue terminado.

Un viaje memorable a casi 100 años de distancia

Diego Rivera regresó a México en 1928 sin el mural que había soñado pintar. Pero Moscú no fue tiempo perdido. Fue un viaje que marcó su posterior obra y su ideología.

Las acuarelas y bocetos que hizo en la Plaza Roja, los obreros, los soldados, las masas marchando en la nieve, se convirtieron en el lenguaje visual que definiría sus murales más importantes. La experiencia soviética está ahí, en las paredes de la SEP y de Bellas Artes. Ver la obra de Diego es también viajar con él a aquellas tierras rusas de 1927.

Sin duda este es uno de los grandes viajes que marcaron nuestra cultura en el siglo XX.

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